martes, 12 de mayo de 2026

Martha Paredes: La Epopeya de una Madre y el Nacimiento de una Generación de Valientes





"Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma..." — Isaías 58:11


La historia de Martha Paredes Dávila no es simplemente la crónica de una vida transcurrida en la geografía peruana; es el testimonio vivo de cómo la providencia divina moldea el carácter a través del esfuerzo perseverante y la fe inquebrantable. Elena G. de White escribió en Consejos para los Maestros que el carácter no se obtiene por casualidad, ni es determinado por un decreto arbitrario del destino, sino que es el resultado de un esfuerzo propio y abnegado. Martha personificó esta verdad desde sus primeros alientos.


Nacida el 19 de enero de 1943 en el corazón vibrante de la selva peruana, sus primeras raíces se hundieron en el suelo de la Isla Grau. Hija mayor de don Primitivo Paredes y doña Carmen Dávila, su infancia transcurrió en un entorno de naturaleza imponente y sencillez extrema, donde las dificultades propias de la vida amazónica no eran obstáculos, sino los primeros peldaños de una formación de hierro. Con el tiempo, la familia se trasladó a la ciudad de Pucallpa, logrando con gran sacrificio adquirir un terreno y construir un hogar que se convertiría en el epicentro de un legado eterno. Estas raíces de agua, selva y esfuerzo prepararon su voluntad para las tormentas que, años más tarde, intentarían sacudir su fe.


La instrucción de Martha se inició en un colegio público de orientación católica, un escenario que se transformaría en el primer crisol de su fidelidad. La vida de la familia Paredes cambió profundamente cuando un colportor visitó su hogar y vendió un libro a don Primitivo, permitiendo que el mensaje adventista penetrara en sus corazones. Sin embargo, mantener esa nueva identidad en un entorno hostil no fue una tarea sencilla. Martha experimentó en carne propia lo que significa ser "trigo entre la cizaña". Sufrió discriminación y castigos físicos por mantenerse firme en sus creencias sabáticas; la historia familiar registra con reverencia cómo fue obligada a arrodillarse sobre granos de maíz y chapas metálicas como represalia por su fe. Pero aquel dolor no la quebró; fue el gimnasio espiritual donde sus rodillas se fortalecieron para las batallas intercesoras que libraría décadas después por sus propios hijos. Tal como se menciona en El Conflicto de los Siglos, ella estuvo lista para sufrir antes que deshonrar a Dios.


A pesar de las dificultades, la mano de Dios ya trazaba un mapa hacia lo alto. El pastor Israel Alomía comenzó a seleccionar jóvenes en Pucallpa para estudiar en el Colegio Unión de Ñaña, y sus historias despertaron en Martha un hambre insaciable por la preparación para el servicio. Junto a otros pioneros como David Muñoz y Genaro Tuesta, nació una generación decidida a formarse para la misión. A los 16 años, Martha inició su propio "vuelo hacia el ideal". Lejos de su tierra y enfrentando la nueva realidad en el Colegio Unión de Ñaña y el internado, comenzó una etapa marcada por la dependencia absoluta de Dios. Durante once años en Ñaña, trabajó incansablemente para sostenerse: laboró en el área industrial, en el Colegio Unión, y se dedicó al colportaje y la venta de productos Unión. En ese tiempo, no solo fortaleció sus músculos con el trabajo arduo, sino que desarrolló talentos musicales en tríos y sextetos, aprendiendo a tocar el piano y a dirigir música con un dinamismo que se volvió su sello personal. En 1969, se graduó como Secretaria Ejecutiva, demostrando que mientras muchos abandonaban el camino por las dificultades, ella permanecía firme, sostenida por las oraciones de las "Mamis" del internado que Dios puso en su senda.


Cumplida su formación, Martha recibió el llamado para servir en Iquitos como misionera de la Iglesia Adventista. Dedicó largos años de servicio abnegado, destacándose por su compromiso profesional y su espíritu servicial. Fue en esta etapa donde la providencia unió su vida a la de don Wilder Mathews, con quien contrajo matrimonio y estableció un hogar fundamentado en el servicio a Dios. De esta unión nacieron sus cinco "tesoros": Samuel, Julio, Richard, Víctor y Wilder. Con el tiempo, la familia regresó a Pucallpa, pero los años que siguieron estuvieron marcados por la oscuridad del terrorismo, la inseguridad y una crisis económica que desangraba al país. Ante la violencia y el temor de que sus hijos fueran reclutados o afectados por la realidad nacional, Martha tomó una decisión que marcaría el destino de toda su descendencia.


Aquella noche de 1988 quedó grabada en la eternidad. Martha llamó a su hijo Julio y le compartió el plan que Dios había puesto en su corazón: irían al Colegio Unión de Ñaña. Luego, reunió a todos alrededor de la mesa familiar y les habló del sueño de verlos convertidos en misioneros. Les pidió preparar solo lo necesario en sus mochilas escolares y, en un acto de fe radical, hicieron un pacto con Dios. Dejaron atrás su hogar y sus pertenencias materiales para partir en silencio hacia el aeropuerto, llevando únicamente una fe inmensa y la convicción de que Dios abriría camino. Como escribió Elena G. de White en Patriarcas y Profetas, ella actuó como el agente de Dios para guiar a sus hijos hacia la patria celestial.


La llegada a Lima fue un choque de realidades. Del verdor vibrante de la selva pasaron a ver los cerros secos y marrones de Ñaña. Las carencias eran extremas; no tenían ropa de abrigo suficiente y las limitaciones acechaban en cada esquina. Sin embargo, Martha enseñó a sus hijos que la respuesta a cualquier crisis siempre sería la misma trilogía divina: oración, estudio y trabajo. Ella personificó este código, laborando como secretaria en diversas oficinas de la universidad, en la biblioteca, en la lavandería y hasta en áreas de mantenimiento. Jamás se avergonzó del trabajo duro; al contrario, se capacitaba constantemente en tecnología para estar a la vanguardia y servir mejor. En el hogar, los cultos matutinos y vespertinos eran el blindaje espiritual que permitía a la familia avanzar unida.


Bajo esta influencia, los conocidos "Mathews Boys" se formaron en el taller de Dios que representaban las industrias de la Universidad Peruana Unión. Samuel se forjó en la mecánica y la lechería; Julio en el ornato y la computación; Richard en la panadería y la granja junto a Víctor; y Wilder en productos Unión. Martha fue el motor y el respaldo de cada paso, logrando finalmente la hazaña de construir su propia casa y ver a cada uno de sus hijos graduarse con honores del carácter. Tal como se menciona en Palabras de Vida del Gran Maestro, ella les enseñó que el trabajo es una bendición y que la ociosidad es una maldición que debe evitarse a toda costa.

La cosecha de tantos años de lágrimas y oración no se hizo esperar. La visión de Martha se transformó en un ejército de servicio: Samuel inició su labor en la Iglesia Adventista, sirviendo en diversas áreas y actualmente  en la Misión Nororiental del Perú; Julio César se consolidó sus habilidades en los negocios y la tecnología y actualmente sirve al señor como líder comercial en el campus Juliaca de la UPeU; Richard se convirtió en médico y fundó la Clínica La Esperanza en Pucallpa ayudando a miles de personas a gozar de buena salud; Víctor desarrolló la empresa Saperi Foods, alimentos saludables como Dios le mostró a Elena de White y además, sirve como regidor en la Municipalidad de Lurigancho-Chosica; y Wilder fue llamado al sagrado ministerio pastoral en la Iglesia Adventista en diversos campos misioneros y actualmente en la Misión Peruana del Norte. Martha contempló con gratitud cómo sus hijos no solo eran profesionales, sino obreros en la viña del Señor.


Su legado se extendió con la misma fuerza hacia la nueva generación de valientes. Con la llegada de los nietos, Martha inculcó los mismos ideales de misión, asegurándose de que la cadena de fe permaneciera intacta. Su jubilación no fue un retiro espiritual, sino una etapa de mayor intercesión por las nuevas familias que se formaron bajo su guía. Su vida entera se convirtió en el mapa que miles de madres unionistas siguen hoy para alcanzar sus sueños de la mano de Dios.


Finalmente, el 12 de mayo de 2026, a las 6:29 a.m., Martha Paredes Dávila descansó en el Señor. Cerró sus ojos en esta tierra con la plena certeza de que, al sonar de la trompeta, su nombre será llamado. Se fue habiendo completado su carrera y guardado la fe, dejando una influencia que, como dice El Hogar Cristiano, no perecerá jamás. Ella espera ahora la alborada de la eternidad para presentarse ante el Trono con los hijos que Dios le confió, segura de que el sacrificio valió la pena y de que la victoria final está cerca. Su historia es, y será siempre, el eco de una madre que decidió que su casa serviría a Jehová por la eternidad.

Su deseo fue que más padres y madres al escuchar su historia se atrevieran a soñar y trabajar al formar a sus hijos en el Colegio Adventista y la UPeU.


¡Mamita Martha, Hasta la mañana gloriosa!” — JCMP


Desde aquí extendemos nuestras sentidas condolencias a sus hijos y sus familias, familiares y amigos de toda la vida. Deseamos Dios enjugue toda lágrima de los ojos de ellos aquel día glorioso prometido. 


Los programas de Esperanza serán:

° Martes 12 de mayo, auditorio Agustín Alva y Alva UPeU, 6:30 p.m.

° Miércoles 13 de Mayo auditorio Agustín Alva y Alva, 10:00 a.m., 3:00 pm

° Mapfre Huachipa sepelio 4:00 pm — con Victor Mathews y 4 personas más.

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